De pequeña obedecía lo que mi abuelita pedía y creía ciegamente en sus palabras cual si fueran la única verdad, sobre todo en lo que a Dios respecta.
Asistía a Misa y estudiaba el Catecismo, recibí la Confirmación y la Primera Comunión, sin lograr comprender aún su trascendental significado.
El tiempo, igual que a los frutos, hizo madurar mi inteligencia y, además de la Sagrada Biblia, llegaron a mis manos diversos libros que devoré con prontitud pasmosa, sorprendida de empezar a ver grietas en la columna de mis creencias.
Hoy no sé si se me abrieron los ojos o se cerró mi corazón;
si conocí más verdades o la verdad se distorcionó;
sólo sé que hay un Dios,
¡creo que hay un Dios!,
el mismo que me habla a susurros
cuando el mundo con sus mentiras acalla mi voz.
El Dios que ama y que perdona sin pedir más que nuestro amor
aunque los hombres se empeñen en ofrecer favores divinos
a cambio de alguna retribución.
Asistía a Misa y estudiaba el Catecismo, recibí la Confirmación y la Primera Comunión, sin lograr comprender aún su trascendental significado.
El tiempo, igual que a los frutos, hizo madurar mi inteligencia y, además de la Sagrada Biblia, llegaron a mis manos diversos libros que devoré con prontitud pasmosa, sorprendida de empezar a ver grietas en la columna de mis creencias.
Hoy no sé si se me abrieron los ojos o se cerró mi corazón;
si conocí más verdades o la verdad se distorcionó;
sólo sé que hay un Dios,
¡creo que hay un Dios!,
el mismo que me habla a susurros
cuando el mundo con sus mentiras acalla mi voz.
El Dios que ama y que perdona sin pedir más que nuestro amor
aunque los hombres se empeñen en ofrecer favores divinos
a cambio de alguna retribución.
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